LA LIBERTAD HUMANA, ¿regalo, don o conquista?
FUENTE: LA EVOLUCIÓN DE LA LIBERTAD, de DANIEL C. DENNETT.
Las ballenas vagan por el océnano, los pájaros vuelan ligeros por encima de nuestras cabezas y, según un viejo chiste, un gorila de 200 kilos se sienta donde le da la gana, pero ninguna de estas criaturas es libre en el sentido en que pueden serlo los seres humanos. La libertad humana no es una ilusión; es un fenómeno objetivo, distinto de todas las demás condiciones biológicas y que sólo se encuentra en una especie, la nuestra. Las diferencias entre los agentes humanos autónomos y los demás agregados naturales son visibles no sólo desde una perspectiva antropocéntrica, sino también desde los más objetivos de los puntos de vista alcanzables (el prural es importante). La libertad humana es real -tan real como el lenguaje, la música y el dinero-, de modo que puede ser estudiada desde un punto de vista serio, objetivo y científico. Pero igual que el lenguaje, la música, el dinero y otros productos de la sociedad, su persistencia se ve afectada por lo que creemos sobre ella. No es ninguna sorpresa, pues, que nuestros intentos de estudiarla desapasionadamente se vean distorsionados por el miedo de matar torpemente el espécimen que tenemos bajo el microscopio.
La libertad humana es más joven que la especie. Sus caracteres principales tienen únicamente unos miles de años de antigüedad -un parpadeo dentro de la historia evolutiva-, pero en ese tiempo tan breve ha transformado el planeta de una forma tan palpable como pudieran hacerlo grandes transiciones biológicas como la creación de una atmósfera rica en oxígeno y la creación de la vida multicelular. La libertad tuvo que evolucionar igual que todos los demás elementos de la biosfera, y continúa su evolución en la actualidad. La libertad es real hoy en algunas partes afortunadas del planeta, y aquellos que la aman tienen razón de hacerlo, pero está lejos de ser inevitable, y lejos de ser universal. Si llegamos a comprender mejor su origen, tal vez podamos orientar mejor nuestros esfuerzos para preservarla de cara al futuro, y protegerla de sus muchos enemigos naturales.
Nuestros cerebros han sido diseñados por la selección natural, y todos los productos de nuestros cerebros han sido diseñados del mismo modo, aunque en una escala temporal mucho más reducida, por procesos físicos en los que no puede discernirse ninguna exención de los principios causales.¿Cómo es posible, entonces, que nuestros inventos, nuestras decisiones, nuestros pecados y nuestros éxitos sean distintos de las bellas pero amorales telas que tejen las arañas? ¿Qué diferencia hay, desde un punto de vista moral, entre una tarta de manzana preparada con todo el cariño por alguien como regalo de reconciliación, y una manzana diseñada “inteligentemente” por la evolución para atraer a un frugívoro, el cual se encargará de repatir sus semillas a cambio de algo de fructuosa? Si consideramos que sólo un milagro podría distinguir nuestras creaciones de las ciegas e inconsistentes creaciones de un mecanismo material, no dejaremos de dar vueltas a los problemas tradicionales de la libertad y el determinismo, en una espiral de misterio e incomprensión. Los actos humanos están simplemente demasiado lejos de los movimientos de los átomos, sean aleatorios o no, como para que podamos descubrir la manera de integrarlos en un único esquema coherente.
La resonancia emocional de la palabra “libertad”, como la de la palabra “Dios”, garantiza una audiencia partidista, dispuesta a saltar sobre cualquier paso en falso, cualquier amenaza, cualquier concesión. El resultado es que la tradición acostumbra a tener carta blanca, o casi. A manera de estrategia práctica, la mayoría de la gente parece inclinarse a pensar que las doctrinas suscritas por la tradición deberían pasar sin examen alguno, en la medida de lo posible, y cuestionarlas es ciertamente como tocar un avispero. Y así es como sobrevive el pensamiento tradicional, en gran medida incuestionado, y con los años no hace más que acumular nuevas capas de invulnerabilidad injustificada.
Podemos y debemos sustituir esas sacrosantas pero endebles tradiciones por unos fundamentos más naturalistas. Da miedo abandonar unos preceptos tan venerables como el imaginario conflicto entre el determinismo y la libertad, y la falsa seguridad que da pensar que la cadena termina en un Yo o un Alma milagrosa.
Si aceptamos la “extraña inversión del razonamiento” de Darwin, podemos reconstruir los mejores y más profundos pensamientos humanos sobre moral, sentido, ética y libertad. Lejos de ser enemiga de dichos conceptos tradicionales, la perspectiva evolutiva es un aliado indispensable de los mismos. No pretendo reemplazar el abundante trabajo realizado hasta el momento en el campo de la ética por una alternativa darwinista, sino más bien asentar dicho trabajo sobre los cimientos que merece: una visión realista, naturalista, potencialmente unificada del lugar que ocupamos en la naturaleza. Reconocer nuestro carácter único como animales reflexivos y capaces de comunicarse no requiere ningún “excepcionalismo” humano que levante un puño desafiante frente a Darwin y descarte cualquier intuición procedente de un sistema de pensamiento magníficamente articulado y empíricamente contrastado. Podemos comprender por qué nuestra libertad es mayor que la de las demás criaturas, y en qué medida esta superior capacidad trae consigo implicaciones morales: noblesse oblige. Estamos en una posición privilegiada para decidir lo que haremos a continuación, porque disponemos del más amplio conocimiento posible y, por lo tanto, de la mejor perspectiva sobre el futuro. Lo que el futuro depara a nuestra planeta depende de todos nosotros, de nuestra reflexión conjunta.
No traigo a DENNETT a este rincón con la idea de contrarrestar a Wolfe o a Dyer, sino de complementarlos. Para conocer el “origen” de la LIBERTAD HUMANA, es preciso saber cual es nuestra NATURALEZA. Eso, quizá, será posible dentro de cien años cuando, como dice MOSTERÍN al incicio de LA NATURALEZA HUMANA, conozcamos mucho mejor que ahora las funciones de nuestros genes y el funcionamiento de nuestro cerebro. Pero, me temo, en ese momento no estaré en “buenas condiciones”. De modo que me toca decidir y decido que lo mejor y posible es la colaboración y la complementariedad de las teorías existentes. Yo creo en una inteligencia superior, a la que le atribuyo la creación del Universo. Pero no discuto el naturalismo y el evolucionismo. Ni los considero incompatibles con mi “creencia”, pese a lo escrito por el autor que traigo aquí, DENNETT, al principio de su libro: Una extendida tradición pretende que los seres humanos somos agentes responsables, capitanes de nuestro destino, porque en realidad somos almas, halos inmateriales e inmortales de material divino que habitan y controlan nuestros cuerpos materiales como unos titiriteros espectrales. Nuestras almas son la fuente de todo sentido, y el centro de todos nuestros sufrimientos, alegrías, glorias y vergüenzas. Pero la credibilidad de esta idea de almas inmateriales, capaces de desafiar las leyes de la física, hace tiempo que quedó obsoleta gracias al avance de las ciencias naturales. Mucha gente piensa que este hecho tiene implicaciones terribles: en verdad no somos “libres” y nada importa realmente. El objetivo de este libro es mostrar en qué se equivocan.
Y el autor se emplea a fondo a lo largo de trescientas cuarenta y cuatro páginas.














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