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UTILITARISMO Y “SOCIEDAD DEL BIENESTAR”

fuente: DE ÉTICA Y DE MORAL (José Luis L. Aranguren).

El utilitarismo, sistema ético inventado en Inglaterra a fines del siglo XVIII, considera también el placer como el único bien intrínseco. Pero ahora no se trata del egoísta placer individual, sino que el objetivo moral consiste en la promoción del mayor placer posible para el mayor número posible de seres humanos. El obstáculo psíquico que sigue dificultando su aceptación procede, principalmente, de la tradicional devaluación del término “placer”. Ahora bien, si sustituimos, como hoy todos hacemos en el lenguaje ordinario, “placer” y “felicidad” por bienestar, ingresamos en el ámbito de la ética realmente practicada y vivida en nuestro tiempo, que, al menos en el mundo occidental, no es otra sino la de la “sociedad del bienestar”. “Placer” nos hace pensar en algo demasiado efímero; “felicidad”, en algo demasiado romántico. “Bienestar” es la palabra que mejor define nuestra aspiración, dependiente, tanto como de nosotros, de la sociedad y del Estado por la ayuda, la protección, la seguridad que nos consideramos con derecho a esperar de éstos: los unos nos ayudamos a los otros a través de la organización político-social, por nuestra propia conveniencia y para nuestro mayor bienestar. El individualismo de las éticas del placer y la felicidad aparece así conjugado con cierto “socialismo”. La vinculación del utilitarismo y el Welfare State, como procedentes de una inspiración ética hasta cierto punto común, no tiene por qué extrañarnos si recordamos, por una parte, la volutad de los utilitaristas de plasmar en las leyes sus principios y, por otra, el interés de Stuart Mill, en los últimos años de su vida, por el socialismo y el comunismo premarxistas.
El utilitarismo del bienestar, que probablemente es la moral material más extendida hoy, no solamente entre los no filósofos, sino también entre los filósofos (aunque, por su carácter normativo y ajeno a la ciencia, no lo expongan mucho, prefiriendo limitarse a los análisis lógicos del lenguaje ético), presenta, sin embargo, graves dificultades: al no considerar como “bien intrínseco” más que el bienestar, tiene que reducir a la categoría de “bienes instrumentales”, en la medida en que producen, como consecuencia, un aumento en el bienestar general, a todos los actos intrínsecamente éticos: cumplimiento de las normas, atenimiento al deber, práctica de la virtud, etc. Es decir, lo que desde un punto de vista rigurosamente ético consideramos bueno no es estimado por los utilitaristas como tal, sino en el caso de que, como consecuencia de su práctica, acrezca el bienestar común.
Una reformulación del utilitarismo encaminada a paliar esta dificultad es el llamado “utilitarismo de la regla”, que consiste en la tesis de que observar la regla es siempre útil. Es verdad que infringirla en algún caso particular podría, considerado aisladamente, producir, como consecuencia, un bien mayor; pero al precio, demasiado caro, de una debilitación de las reglas, que acarrearía males muy superiores a ese aumento particular de bienestar. Según esta concepción, los actos deben ser juzgados por sus consecuencias, pero las reglas están ya prejuzgadas, se ajustan al principio del utilitarismo, su observancia produce, como balance de bienes y males, un saldo favorable de bienestar.
Pero la suposición sentada por el utilitarismo de la regla es excesiva, y si la aceptásemos sin crítica tornaría a ésta intocable. La verdad es que ciertas reglas son injustas o, más frecuentemente, se tornan injustas; dicho en el lenguaje utilitarista, lejos de maximizar el bienestar común, su observancia rigurosa disminuye la satisfacción general. Son las reglas que es menester, si no cambiar, sí matizar y especificar, precisamente de conformidad con el genuino criterio utilitarista.
La crítica del utilitarismo -el cual, por supuesto, no necesita ser crudamente hedonista, sino que puede estar abierto a los más finos aspectos del bienestar anímico y espiritual intramundano- debe hacerse hoy, no pensando en su formulación histórico-filosófica, sino, fieles a su norma, por sus consecuencias, por sus frutos, que hoy tenemos a la vista en la concepción de la vida, en el ideal individual y colectivo de la llamada “sociedad del bienestar”. Es evidente que la promoción del bienestar, la elevación del nivel de vida de todos, la satisfacción completa de sus necesidades, etc., constituyen fin primario de toda ética razonable. Pero el fin último prescrito por una ética, por muy intramundana que sea, ¿puede consistir en que cada ciudadano posea, en propiedad, aunque adquiridos a plazos, una casa y un automóvil, un aparato de televisión, varios de radio, un frigorífico, una lavadora de ropa y otra de platos, etc.; y junto a esto todos los derechos de seguridad social, accidentes, jubilación, vida, y todas las pólizas de seguros imaginables, incluido el de la vida eterna mediante la pertenencia a la confesión religiosa que mejor se adapte a su etnia, clase social y modo individual de ser? Si los sobrios e idealistas Jeremías Bentham y los Mill, padre e hijo, levantasen la cabeza y viesen en qué ha desembocado la prolongación práctica de su utilitarismo, es seguro que denunciarían nuestra sociedad, con razón, como materialista. Si Henry Sidgwick, el último gran utilitarista, comprometido con su mujer en la lucha de emancipación feminista, viese que la aspiración de la mujer hoy parece limitarse a la emancipación sexual, aceptando en todo lo demás la supremacía masculina; y si todos ellos, empeñados en la lucha política para la implantación de una auténtica democracia, viesen cómo nuestros contemporáneos, con tal que se les garantice una confortable vida, aceptan de buen grado la total privación de su existencia y se someten a cualquier autoritarismo, mejor o peor disfrazado de democracia, es seguro que considerarían completamente traicionado el utilitarismo. Sin embargo, la actual moral vivida del bienestar como único “bien intrínseco” tiene derecho a considerarse heredera de la doctrina de aquellos austeros utilitaristas. Lo que nos hace pensar que el bienestar puede y debe ser un fin primario propuesto a nuestro esfuerzo moral.

  1. Carmelo barres
    Enero 25, 2008 a las 1:44 am | #1

    Yo pienso que España es la mejor nación en Europa.
    La he visitado en los primeros de enero y tengo que decir que con respecto de Italia es mucho más liberal.
    España viva, viva Zapatero.

    http://www.tauriademocratica.wordpress.com

  2. negativo13
    Enero 25, 2008 a las 11:45 am | #2

    estoy contigo. internet esta plagado de las mismas normas del bienestar de siempre y no se encuentra nada que haga contraste, es eso por la fuerza bruta. yo ya llevo 4 años boicoteando muchos sitios de esos; esquivandolos, no dando mala imagen, aunque la fuerza de la corriente de ese río contra la que tengo que luchar sea tan fuerte. yo mas o menos dije lo que has puesto en ese post en un sitio, y tras delatarlos me volvían a hacer a mi de malo diciendo que nego sus normas, cuando parece que nunca reconocen que son SUS normas y lo subliminan todo.

  3. Abril 10, 2008 a las 8:11 pm | #3

    Los reformadores del Estado del bienestar tienen poco de sociólogos. Creen que el trabajo es mejor fuente de respeto por uno mismo que un cheque del gobierno; creen que, siempre que fuera posible, se debería sustituir las instituciones y los profesionales por comunidades y voluntarios. Lo que está detrás de estas aspiraciones sociales es la creencia de que el Estado del bienestar debería funcionar de un modo parecido a una empresa con fines de lucro.
    Este tipo de reforma es sociología ingenua. Su ingenuidad consiste en que no es posible borrar las complicaciones del talento, la dependencia y el cuidado de los demás mediante la privatización o el cuidado comunitario; además, la visión que los reformistas tienen de las instituciones sociales no es correcta. Actuar en función de este conocimiento defectuoso sólo exagera las desigualdades del respeto al separar del resto de la sociedad a los receptores de asistencia social.
    EL RESPETO (Richard Sennett).

  4. Alexis Escarate
    Mayo 8, 2009 a las 6:01 pm | #4

    vivmos en una sociedad donde incluso la dignidad del hombre ha sido sustituidad por un vergonzoso utilitarismo que atenta contra la verdadera felicidad del hombre al proponerle una pasajera y fantasiosa. es vergonsoso que nadie sea capaz de advertir que nos estan conduciendo como a vestias al matadero que consiste en un suicidio publico, el cortar nuestras venas, para que viva una vida donde el placer es pasajero, donde la alegria dura lo que dura una flor en el campo. construir una sociedad sobre el utilitarismo es estar construyendo la sociedad sobre la arena de la playa, tarde o temprano se va a derrumbar.

  5. mateo
    Mayo 24, 2009 a las 2:21 am | #5

    gracias ustedes si saben exoplicar

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