FUENTE: El placer de amar (Alex comfort).
El hecho de que la mujer acoja al hombre, no en su territorio o en su proximidad, sino en el interior de su propio cuerpo, establece un matiz básico. No existen muchas diferencias intrínsecas entre el hombre y la mujer, pero ésta es una de ellas y evidentemente influye en la mente femenina. Para el hombre, el sexo es algo externo situado en una península que se proyecta al exterior; para la mujer es algo interno, una visita o una irrupción; el hombre lanza y la mujer recibe algo externo que luego deja rastros. Lo cual no quiere decir tampoco que la mujer sienta inconscientemente la copulación siempre como una violación: recibir al hombre dentro de sí es una sensación cálida, apetecible y vigorizante como no hay otra; pero, en cualquier caso, el hombre es lo que los abogados llaman un “intruso”.
Este complejo de emociones es dificil de captar y muchos hombres no son capaces de intuirlo. Los sentimientos positivos y negativos relacionados con la penetración de la mujer representan un papel importante en la conformación de la reacción y de la respuesta femenina, lo que explica por qué algunas de las más furiosas representantes del Movimiento de Liberación de la Mujer han propuesto que todos los hombres sean penetrados por lo menos una vez, para que sepan qué se siente. Tenemos, no obstante, ciertas dudas de que diese resultado: la penetración anal no está verdaderamente programada y lo que se siente no es lo mismo.
Hay un sentimiento muy frecuente que deriva de la penetración: la mujer suele considerar el sitio donde vive como un sustitutivo de su cuerpo, mientras que el hombre suele considerarlo como su propio territorio. La mujer a quien no le gusta invitar a nadie a su piso revela inconscientemente sus temores, igual que la que dice: “Debería estar contento conmigo, doctor, he puesto una moqueta preciosa”. En realidad, está hablando de su cuerpo.
Sentir la penetración profunda del hombre a quien se quiere y se desea y en quien se confía, que la trata a una como igual y que expresa su amor recíprocamente, es la mejor de todas las experiencias femeninas y pone punto final a las angustias de la penetración. En ese punto, el pene se convierte en propiedad común y se disuelven muchos temores infantiles.
Otro aspecto básico de la relación hombre-mujer es el de que mientras ella, en el peor de los casos, puede colocarse en posición y dejar que suceda lo que sea, él necesita mostrar una reacción fisiológica positiva: la erección. Habida cuenta de todos los sentimientos masculinos de angustia nacidos del hecho de que el pene no sea sólo el instrumento para realizar el acto sexual, sino también un símbolo de dominación, como las astas de los ciervos, es casi imposible que el hombre no considere su erección como una muestra de rendimiento, un éxito y, en general, una insignia de masculinidad. Para la gente que tiene problemas de erección, este tipo de anhelo angustiado tiene el mismo efecto que el que podría causar un ambiente ruidoso o un baño frío, imposibilitando prácticamente la erección sin esfuerzo. Es como si el Demonio de la Evolución hubiera arreglado las cosas de tal modo que los machos sólo pudieran exhibir su señal de dominación “y ser fértiles” cuando están relajados y en confianza, en vez de estar bajo la presión de la necesidad de causar impresión; no es una fuente de grandes problemas.
No hay ningún modo seguro de impedir que el hombre considere el sexo como una prueba de rendimiento. Quizá lo mejor consista en desplazar su interés hacia alguna cosa que importe a ambos participantes, es decir, la habilidad sensitiva para excitar, estimular y satisfacer a una mujer, con o sin erección. Este tipo de “rendimiento” es realmente el que merece la pena y, al suprimir la obligación de demostrar visiblemente la virilidad, reduce el temor angustioso al fracaso y mejora la erección.
Una cosa que a los adolescentes les cuesta comprender es que tienen tiempo de sobra, y es tarea de los adultos hacérselo notar. No quiere decir esto que aquéllos tengan que desperdiciar las oportunidades sensatas que se presenten para adquirir experiencia sexual, con el único fin de satisfacer a los mayores o de cumplir con sus expectativas. Pero el chico de 16 años que se tiene que conformar con escuchar las historias de conquista de sus compañeros de igual o mayor edad, o la chica que igualmente ve con envidia que sus amigas salen con amigos, deben entender que, aunque no consigan realizarse sexualmente por el momento, la situación no es irremediable, aunque en ese momento lo parezca. El mejor consejo que puede dárseles cuando ven que los demás disfrutan de mayor éxito es éste: “Fíjate cómo lo hacen y estudia por qué no lo haces tú igual. Muchas veces, el éxito se debe a que tienen más aplomo y confianza en sí mismos y esto se adquiere con la edad, además de que, quizás, esos a quienes envidias se han tomado la molestia de adquirir habilidades sociales, como el baile”.
La angustia de inseguridad relacionada con el aspecto físico es la que más desordena la vida sexual; pero no existe ninguna configuración corporal, por desfavorable que sea, que no pueda compensarse mediante habilidades de tipo social, como la vivacidad, el humor y la consideración, que no se aprenden sin esfuerzo.
El hábito social que es más importante aprender es el de tomar a las personas del otro sexo como semejantes, es decir, sin fanfarronadas ni pánico y sobre todo sin precipitarse ante el temor, posiblemente infundado, de que otro más audaz se adelante. Tampoco deberían copiar los adolescentes las actitudes de “supermacho” o de “mujer fatal” de sus compañeros, quienes muy probablemente estarán por dentro no menos atormentados. De hecho es bueno que comprendan que todos nos sentimos inseguros, independientemente de la competencia, belleza o popularidad de que disfrutemos. No se puede aprender a esquiar en tres semanas y el amor es mucho más difícil que el esquí.













Posted by gonzalorobles on Febrero 2, 2008 at 6:31 pm
Para poder disfrutar de la sexualidad es necesario superar el miedo a los genitales y a sus secreciones y vencer la idea de que el cuerpo humano en su conjunto es sucio, indigno y repugnante; pero al mismo tiempo, a nivel práctico, la actividad sexual mancha y desordena y las mujeres de nuestra cultura, por muy liberadas que estén, tienen que seguir ocupándose en todo o en parte del orden de la casa. No se puede decir que el semen sea una porquería, pero es difícil limpiar los muebles salpicados o quitárselo del pelo.
Hacer el amor durante el período está bien, pero hágase en un sitio que no se manche, como la ducha. En otros casos, sáquese el mayor partido de las toallas, pero sin ponerle una en las manos autoritariamente al compañero inmediatamente después de haber tenido el orgasmo; tampoco es necesario limpiarse el semen con tanta precipitación que parezca rechazo; hay que buscar el equilibrio.
(El placer de amar).
Posted by gonzalorobles on Marzo 11, 2008 at 10:24 pm
Otro aspecto básico de la relación hombre-mujer es el de que mientras ella, en el peor de los casos, puede colocarse en posición y dejar que suceda lo que sea, él necesita mostrar una reacción fisiológica positiva: la erección. Habida cuenta de todos los sentimientos masculinos de angustia nacidos del hecho de que el pene no sea sólo el instrumento para realizar el acto sexual, sino también un símbolo de dominación, como las astas de los ciervos, es casi imposible que el hombre no considere su erección como una muestra de rendimiento, un éxito y, en general, una insignia de su masculinidad. (EL PLACER DE AMAR).
Posted by Ponle ritmo a tus momentos de sexo | Entrando en mi mundo... on Marzo 22, 2008 at 10:06 am
[...] leo en un estudio los ritmos en la música al igual que en el sexo son básicos. Es importante la sincronía. Los ritmos pueden promover la sincronía y acompañar la excitación, [...]