A PROPÓSITO DE LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA, BAILÉN: UN PASAJE DE ESA HISTORIA

FUENTE: HISTORIA INAUDITA DE ESPAÑA (PEDRO VOLTES).

No hay guerra que no cuente con el triste aditamento de la presencia de combatientes extranjeros en los dos bandos, axioma éste que podría ser dolorosamente ampliado con otro: muchas son las guerras extranjeras -como la Segunda Mundial- donde hay españoles peleando también en ambos lados.

La valoración de muchos de los episodios de la Guerra de la Independencia queda mejor resuelta si se tiene noción clara de este factor y color. En el lado español -aun antes de que llegasen las tropas inglesas, que tampoco lo eran al ciento por ciento- existían unos regimientos extranjeros, principalmente suizos, que, para colmo de confusión, tenían composición distinta de su nombre, de suerte que estaban formados por una gran mayorìa de alemanes, polacos, italianos y también españoles hijos de suizos. Aparte de los regimientos suizos, los había de los llamados guardias valones, donde pasaría aproximadamente lo mismo; el de Ultonia y otros, y también combatieron al pie de la bandera real gentes de origen diverso, a veces procedentes de antiguos dominios españoles, como Nápoles y Flandes, y también de Irlanda. Para completar lo variado de este panorama, los nombres extranjeros aparecen a menudo en unidades regulares españolas, tal como el general suizo Teodoro Reding de Biberegg, que tenía parientes entre los suizos que combatían de lado francés.

En este otro bando, ya es más conocida la variedad nacional de las tropas. Napoleón las extraía con levas forzosas de los países que dominaba, y los historiadores franceses -que fueron los primeros en advertir que el episodio español no honraba nada a su país- se detuvieron desde el primer momento en detallar cuán heterogéneas eran sus fuerzas. El historiador Frederic Masson habla de quince naciones que proporcionaron soldados a Napoleón, entre las cuales destacan los polacos, napolitanos, lombardos, suizos, alemanes, sin olvidar a los mamelucos de Egipto, a los naturales de territorios anexionados a Francia, e incluso a los franceses.

Esta diversidad prepara otra: la de la calificación técnica y moral de gentes tan discordantes. El propio Napoleón reprochó a Murat, cuando éste había salido ya de España, que no le enviaba desde Nápoles más que bandidos. Las atrocidades cometidas en la guerra de España por parte francesa quedan así más difuminadas en los libros escritos por sus compatriotas. En estos mismos trabajos es un leit-motiv reiterado el que expresa el académico Louis Madélin con esta hilarante frase: “Lo peor es que hasta el propio ejército francés, puesto en contacto con sus crueles adversarios, perdía todas las virtudes de su raza y se desmoralizaba, en los dos sentidos de la palabra, tanto los soldados como los jefes, hasta la demencia.”

Dentro de esta mezcolanza nacional, se podía a veces diferenciar conductas. Los alemanes y los polacos al servicio de Napoleón fueron juzgados especialmente crueles por los españoles, y no hay inconveniente en aceptar, por otra parte, que los bisoños y jóvenes quintos franceses, recién salidos de sus casas, tardarían un poco más en cogerle el aire a eso de ahorcar españoles.

LA BATALLA DE BAILÉN.

La batalla de Bailén del 19 de julio de 1808 fue mucho más importante por sus consecuencias que por sus proporciones intrínsecas. A su vez, la resonancia de la victoria española provocó desde la primera hora un alud descomunal de literatura encomiástica por nuestra parte y la de nuestros amigos, y otro de retórica atenuante y justificativa del lado francés. Semejante masa de papel desfigura la conceptuación exacta del suceso y lo saca de sus casillas.

A título de pura diversión, es interesante anotar, empero, que el célebre cuadro de José Casado del Alisal La rendición de Bailén no es imagen fiel de una realidad concreta, sino una especie de refundición alegórica de varias escenas distintas, por lo menos dos, ya que consta de un día, el 23 de julio de 1808, se celebró el desfile de Dupont y sus tropas rendidas ante Castaños, y que al día siguiente, las restantes tropas napoleónicas, bajo el mando de Vedel y Dufour, entregaron sus armas formando pabellones.

Otro aspecto de la magna batalla, que no desmerece nada a España subrayar, es la llamativa presencia de soldados suizos en sus filas como en las francesas, conforme al panorama general expuesto en el apartado anterior. En el ejército napoleónico, los suizos llevaban uniforme rojo, y en el español, azul. En cierto momento de la batalla, cinco batallones de los primeros se encuentran cara a cara con medio batallón suizo al servicio de España. Tradicionalmente los suizos que se enganchaban al servicio de un país extranjero se consideraban dispensados de combatir a otros suizos. En este caso de Bailén, los suizos del lado francés estaban en un momento apurado y vieron el cielo abierto cuando identificaron entre sus atacantes a los suizos de España. Partió de aquéllos el invocar dicho plausible principio, y con todo esto y las escenas de confraternidad, pasó el momento de peligro. Debe tenerse en cuenta que la participación suiza en el ejército francés era más importante que en el español, de suerte que todo aquel bullicio le causó más perturbación que al nuestro.

Las divisiones del ejército de Castaños eran cuatro: mandaba la primera el suizo Teodoro Reding de Biberegg, mariscal de campo; la segunda, el del mismo empleo, marqués de Coupigny, francés, probablemente huído de su país cuando la revolución; la tercera, el también mariscal don Félix Jones, español de origen irlandés, y la cuarta, de reserva, el teniente general don Manuel de la Peña, marqués de Bondad Real. Castaños tuvo su puesto de mando en Andújar.

Fue decisivo para la victoria española que el general francés Vedel, que llevaba consigo a unos diez mil hombres, cosa de la mitad de las fuerzas francesas, se retrasase, como Grouchy en Waterloo, en entrar en lucha, de modo que la tuvo que sobrellevar Dupont con la otra mitad de las tropas, y Vedel llegó cuando la acción había terminado. Se habla de que las tropas españolas eran superiores en número y, según lo anterior, está claro que lo fueron en concentración y eficacia. Se destaca singularmente la superioridad de la artillería española en cantidad y calidad. No se diga ya que Dupont y su gente venían pasando fatigas desde Bayona, y que el 19 de julio en Andújar hace calor.

El día 27 de julio la alarma de José es completa: la noticia de la derrota de Dupont en Bailén ha llegado a él; todos los esfuerzos están señalados hacia la organización de un ejército que oponer a los españoles. “En caso contrario, será necesario abandonar Madrid, reunirse con el mariscal Bessières y esperar los socorros que, en todo caso, me son necesarios, y que ahora, sobre todo, serán más necesarios aún. Los ministros mismos están vacilantes. Son gente de honor, pero estoy convencido de que alguno de ellos no estaría donde está si tuviera libertad de opción“, escribe.

Ha sido puesta de relieve la enorme transcendencia europea de la actividad de las guerrillas españolas. El desgaste infligido por éstas al invasor permitió a Alemania preparar su levantamiento. El general prusiano Scharnhorst estudió y aprovechó el experimento guerrillero español. Los poetas alemanes Moritz, Arndt, Schlegel y Kleist lo cantaron con estro inflamado de entusiasmo. En 1944, un historiador soviético, Tarle, publicó en Moscú un libro donde hizo patente la influencia de la resistencia patriótica española en la rusa, de suerte que el zar, antes de trazar sus planes de guerra o de eventual paz, no preguntaba sino por el curso de la guerra de España; y a su vez, la propaganda soviética transportó el ejemplo español al choque ruso contra Hitler, en el cual tanto uso se hizo de la lucha guerrillera.

Sabían también los rusos que Napoleón se veía obligado a retirar tropas de Polonia para llevarlas a España y se propusieron ganar tiempo y fortalecerse para aguardar en las mejores condiciones posibles la invasión que a ellos le tocaría padecer tres años más tarde….

Una respuesta to this post.

  1. En tiempos de paz, los soldados de los Regimientos suizos al servicio de la corona española debían ser reclutados exclusivamente en Suiza; aunque se permitía una mitad o un tercio de alemanes, controlado firmemente por la Inquisición.

    En plena contienda esto cambiaba y, de hecho, durante la Guerra de la Independencia algunos llegarán a acoger a prisioneros franceses de la mismísima batalla de Bailén.

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