LO NATURAL Y LO CULTURAL
Junio 24, 2008
FUENTE: LA NATURALEZA HUMANA (JESÚS MOSTERÍN).
“Tan poderosa es la cultura que, sobreponiéndose al natural instinto de conservación, puede convertir a un hombre adoctrinado en un mártir suicida que se autoinmola para provocar una matanza”.
El verbo latino colere significa cultivar. Así agrum colere significa cultivar el campo, y vitem colere, cultivar la vid. La forma de supino de colere es cultum, y de ella proviene la palabra cultura, que en latín originariamente significa agricultura. Así, agri culturae son las diversas formas de cultivar el campo, y cultura vitium es el cultivo de las viñas. De ahí proceden palabras castellanas como ‘viticultura’, ’silvicultura’, fruticultura’, ‘floricultura’ y ‘piscicultura’. El adjetivo latino cultus indica la propiedad de un campo de estar cultivado. Todavía ahora llamamos incultos a los campos sin cultivar. Originariamente, pues, ‘cultura’ quería decir agricultura, y ‘culto’, cultivado. Quien cultiva un campo, lo cuida constantemente. De ahí que el sustantivo cultus adquiriese también el sentido de cuidado, y se aplicase a las acciones con que los sacerdotes cuidaban a los dioses, es decir, al culto que les rendían. Con esa acepción pasó al castellano como culto religioso. Posteriormente se abrió paso la metáfora que compara el espíritu de un hombre rudo con un campo sin cultivar, y su educación con el cultivo de ese campo, y se empezó a hablar de cultura animi, cultivo del alma.
En época relativamente reciente se introdujo el uso vulgar de ‘cultura’, que la reduce a los pasatiempos con que las personas bien educadas ocupan sus ocios: actividades como la lectura de novelas, la visita de exposiciones de pintura y la asistencia a conciertos y representaciones teatrales. Esta concepcion superficial de la cultura (que todavía colea en las secciones de cultura de los periódicos y en los ministerios, consejerías y concejalías de cultura) fue posteriormente eclipsada -al menos en el ámbito científico- por el uso que de la palabra cultura han hecho desde el principio los antropólogos culturales. Cuando los antropólogos describen las culturas de los pueblos que estudian, se refieren tanto a sus técnicas agrícolas, artesanales y de transporte, a la construcción de sus casas y a la fabricación de sus armas, como a sus formas de organización social, sus tradiciones indumentarias, sus creencias religiosas, sus códigos morales, sus formas de parentesco convencional, y sus costumbres, fiestas y pasatiempos. La noción romana de cultura como agricultura y la noción vulgar de cultura como pasatiempo prestigioso quedan así incorporadas como componentes parciales de la actual noción científica de cultura, que abarca todas las actividades, procedimientos, valores e ideas transmitidos por aprendizaje social y no por herencia genética.
Las definiciones antropológicas y biológicas de la cultura subrayan su carácter social y adquirido, contrapuesto a lo congénito, a lo innato, a aquello con lo que se nace. Precisamente de la forma natus del verbo nasci (nacer) proviene la palabra latina natura. La natura o naturaleza es aquello que se tiene ya al nacer o que está determinado ya al nacer, lo congénito, es decir, lo genéticamente preprogramado y lo adquirido durante el desarrollo embrionario y fetal. Como es evidente, las convenciones sociales no están dadas genéticamente ni están presentes en los embriones, por lo que no forman parte de la naturaleza. Por eso los griegos contraponían el nómos (la convención) a la phýsis (la naturaleza), lo que las cosas son de por sí, con independencia de nuestras convenciones.
Por naturaleza tenemos pelo y nuestro pelo es de tal color. Por cultura nos lo cortamos, peinamos o teñimos. Quien se queda calvo pierde el pelo naturalmente. El monje budista o el punky o el skin head que se tonsuran la cabeza pierden el pelo culturalmente. Por naturaleza somos capaces de hablar (en general) y por cultura somos capaces de hablar precisamente en francés, por ejemplo. Por naturaleza, de forma congénita, sabemos hacer las cosas más difíciles, como reproducirnos; también sabemos hacer las cosas más imprescindibles para nuestra supervivencia (y sabemos hacerlas incluso mientras dormimos): respirar y regular la circulación sanguínea, mantener en nuestra sangre un nivel relativamente constante de temperatura, de presión, de concentración de azúcar y de iones de hidrógeno. Capacidades naturales tan aparentemente triviales como la de reconocer las caras de nuestros amigos sobrepasan las posibilidades de los más potentes ordenadores y de los más sofisticados programas informáticos hasta ahora conocidos. Sin embargo, nosotros reconocemos las caras con toda facilidad, gracias a la presencia de coprocesadores específicos dedicados a esa tarea, situados en los lóbulos occipitales de nuestro cerebro.
La cultura abarca todo tipo de actitudes, habilidades y conocimientos aprendidos. Actividades culturales son, por ejemplo, el cultivo de los tomates, el fundamentalismo islámico, el coleccionismo de sellos, afeitarse, comer con palillos, agarrar el tenedor como es debido, evitar el número 13, pagar los impuestos, navegar en Internet, andar en bicicleta, bailar el charlestón, abrocharse los cordones de los zapatos, conducir un automóvil, aliñar una ensalada, resolver ecuaciones de segundo grado, tocar el piano o jugar a la petanca. Toda la ciencia es cultura, desde luego, pero no toda la cultura es ciencia. Y lo mismo puede decirse del arte, la técnica, la industria, las finanzas y la medicina. La cultura viene a veces en socorro de la naturaleza. Cuando nuestros ojos ya no saben enfocar adecuadamente, la cultura nos proporciona gafas graduadas con que remediar ese fallo de nuestra natura. Cuando el diabético pierde su capacidad de regular naturalmente el nivel de azúcar de su sangre, la cultura viene en su auxilio con el diagnóstico y el tratamiento de insulina con que compensar esa carencia natural. Cuando tiritar no basta para calentarnos, nos ponemos el anorak.
Aunque la noción vulgar de cultura es mejorativa, la noción científica es neutral. Lo cultural no tiene por qué ser bueno o deseable en sentido alguno. A veces lo es, pero otras veces, no. Por cultura nos ponemos cilicios, fumamos, nos alcoholizamos, nos inyectamos heroína, contaminamos el aire que respiramos, nos llenamos la cabeza de prejuicios, supersticiones y seudoproblemas, estafamos, torturamos, hacemos la guerra, morimos por la patria y matamos por la nación o la religión. Tan poderosa es la cultura que, sobreponiéndose al natural instinto de convervación, puede convertir a un hombre adoctrinado en un mártir suicida que se autoinmola para provocar una matanza.
Entry Filed under: Actualidad, Civilización, Convivencia, Política, RELIGIÓN, reflexiones, sociedad. Etiquetas: cambios sociales, CULTURA, ideas, naturaleza humana, pensamientos, supervivencia.














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