EL IMPERIALISMO LIBERAL
Abril 26, 2009
Fuente: MISA NEGRA, La religión apocalíptica y la muerte de la utopía (JOHN GRAY)
El del imperialismo liberal era un programa de acción imposible. La historia del siglo XX estuvo precisamente dominada por la resistencia a los imperios occidentales desde que la flota imperial rusa fuese destruida por la japonesa en 1905 (una derrota del poder europeo que inspiraría movimientos anticoloniales en toda Asia y que Jawaharlal Nehru -la primera persona que ocupó el cargo de primer ministro de la India- calificó como uno de los acontecimientos decisivos de su vida). El fallido intento británico de imponer su control sobre el canal de Suez, la retirada francesa de Argelia, la humillación de Francia y Estados Unidos en Vietnam, y la derrota de las fuerzas soviéticas en Afganistán son sólo algunos ejemplos de la impotencia que los ocupantes occidentales de territorios situados fuera de Occidente demostraron en reiteradas ocasiones a lo largo del pasado siglo. La derrota estadounidense en Irak sólo es el ejemplo más reciente de esa misma impotencia.
Pero más allá de la imposibilidad de un proyecto imperial occidental a gran escala en la actual coyuntura histórica, la idea misma de que Estados Unidos pudiera ser el gran agente de un proyecto de esa clase tenía muy escasa verosimilitud. Estados Unidos cuenta con muy pocos de los atributos característicos de un régimen imperial. Tiene diversos grados de influencia sobre una larga lista de países (influencia que, en algunos casos, ejerce mediante la amenaza de la fuerza, pero que, en su mayor parte, se deja sentir a través de una combinación de sanciones e incentivos económicos). Las relaciones de Estados Unidos con muchos de esos países muestran un patrón imperialista en la medida en que la metrópolis estadounidense extrae recursos a través de unos gobiernos que controla hasta cierto punto. En América Latina, por ejemplo, Estados Unidos lleva mucho tiempo actuando de forma imperialista para proteger sus propios intereses económicos y estratégicos. En la actualidad, cuenta con una inmensa presencia militar y naval en el golfo pérsico, está expandiendo sus bases en el Asia Central y se está instalando en el África occidental. Pero Estados Unidos no gobierna ninguna de esas regiones y sus fuerzas mantienen un contacto mínimo con las poblaciones locales. Sus bases son burbujas de vida americana herméticamente selladas y sus embajadas, instalaciones protegidas como fortalezas y aisladas frente a cualquier incursión procedente de las sociedades que las acogen. Hay imperios de diversas formas y tamaños, y no todos se han organizado en torno a la adquisición de territorio. Pero lo que sorprende de las relaciones imperiales estadounidenses es que contienen muy pocos compromisos estratégicos a largo plazo de los que se pueda esperar que sobrevivan a las vicisitudes de la propia política estadounidense. Cuando una intervención militar estadounidense en el extranjero se vuelve demasiado costosa en dinero o bajas personales, existe una probabilidad muy elevada de que se le ponga un brusco punto final. Como consecuencia de este hecho (considerado axiomático tanto en Washington como en los países afectados), son raras las alianzas con las élites locales gobernantes del tipo de las que permitieron a otros imperios prologarse durante siglos. La mayoría de las existentes hoy día (como las establecidas con Gran Bretaña, Alemania y Japón) son vestigios de la Segunda Guerra Mundial.
Todo sistema imperial duradero se fundamenta sobre la creencia de que representa un compromiso a largo plazo. Los imperios se han instaurado normalmente a través de medios que han incluido el uso de la fuerza, pero sólo han sido los longevos -como en los casos de los romanos, los otomanos y los Habsburgo, por ejemplo- cuando esa fuerza ha sido puesta al servicio de unos objetivos políticos a largo plazo. En general, las potencias coloniales europeas emplearon la fuerza en ese sentido para dejar clara su intención de que su presencia en los países que habían ocupado fuese permanente.
Estados Unidos carece de la mayoría de prerrequisitos de un imperio y no es previsible que los adquiera en un futuro próximo. ¿Cómo puede haber imperialismo -liberal o de otro tipo- si no hay imperialistas? Estados Unidos soporta algunas de las cargas habituales de los imperios, incluidos los costes económicos de éstos, mucho más prohibitivos hoy en día que en la era del colonialismo europeo. A diferencia de la Gran Bretaña del siglo XIX, que era la mayor exportadora mundial de capital, Estados Unidos es hoy el principal deudor. Las aventuras militares estadounidenses se pagan con dinero prestado, principalmente, por China, cuyas adquisiciones de deuda pública estadounidense son fundamentales para el sostenimiento de la economía del gigante americano. Esta dependencia de China es imposible de conciliar con la supuesta capacidad de Estados Unidos para actuar como garante mundial de los valores liberales. Son los acreedores extranjeros de Estados Unidos los que financian ese papel y los que disponen del poder necesario para vetar la política exterior estadounidense en el momento en que ésta les resulte amenazadora o irracional. Como bien ha señalado Emmanuel Todd (analista francés que, en 1975, ya predijo la caída del comunismo soviético):
Estados Unidos es incapaz de vivir de su propia actividad económica y debe recurrir a subvenciones foráneas para mantener su actual nivel de consumo. A la actual velocidad de crucero (abril de 2003), esos subsidios ascienden a 1.400 millones de dólares diarios. Si su conducta sigue siendo tan inquietante, es Estados Unidos la que debe temer la posibilidad de padecer un embargo.
Estados Unidos está perdiendo su primacía económica, y su estatus como “superpotencia definitiva” está condenado a resentirse por ello. El avance de la globalización comporta tanto el surgimiento de nuevas grandes potencias como el renacimiento de potencias que parecían encontrarse en un irreversible declive. Tal vez China y Rusia puedan convivir pacíficamente con Estados Unidos, pero lo que no aceptarán será la tutela moral estadounidense. Pensar que se las podrá reclutar para una campaña destinada a convertir al mundo a la democracia de corte estadounidense es un disparate. El “nuevo siglo estadounidense” augurado por los neoconservadores no ha durado ni un decenio. En un episodio que los partidarios de la idea hegeliana de la “astucia de la razón” sabrán reconocer como tal, los neoconservadores -en el papel de servidores involuntarios de la historia- han convertido a Estados Unidos en una gran potencia normal, una más entre varias, sin una autoridad especial que la distinga. Dicho en términos más generales, el poder se desplaza cada vez más en sentido contrario al de los Estados liberales que salieron aparentemente victoriosos de la Guerra Fría y, por primera vez desde la década de 1930, las potencias emergentes en el sistema internacional son Estados autoritarios.
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