LA SELECCIÓN NATURAL Y CULTURAL DE LA ESPECIE
Julio 9, 2009
FUENTE: ELOGIO DEL IMBÉCIL (PINO APRILE)
En la selección natural y cultural de la especie prevalece lo más útil, aunque tal sea lo peor.
La razón de ser de esta ley despiadada se encuentra en la tragedia que esconde nuestro recorrido evolutivo: la chispa de ingenio a la que debemos la supervivencia prendió y se convirtió en un fuego descontrolado, hasta el punto de que puso en peligro nuestra existencia. El crecimiento continuo de nuestra masa cerebral, en progresiones cada vez mayores, llegó a ser un riesgo para la supervivencia. Sólo conseguimos salvarnos, y con dificultades, gracias a los más tontos entre nuestros antecesores. Desde entonces hemos desarrollado una ferocidad instintiva contra la inteligencia, por temor a la muerte, a ser aniquilados.
El ser más dotado de cerebro que ha habitado la Tierra se extinguió hace 50.000 años. Nosotros somos sus “sobrinos”, los hijos del hermano tonto.
El hombre de Neandertal poseía más cantidad de materia gris que cualquiera de sus semejantes, antes y después de él, y es probable que se extinguiera precisamente por esa razón. Su contemporáneo y heredero, el hombre de Cro-Magnon, tenía menos cerebro y sobrevivió. En el fondo de nuestra mala conciencia hay también un homicidio, porque los restos de Abel Neandertal, manso y con la cabeza de gran tamaño, quedaron totalmente borrados por su pariente Caín Cro-Magnon, feroz y de cabeza más pequeña (se piensa que los microcéfalos son más agresivos).
Los vencedores no suelen apreciar a los vencidos, y de hecho no se ha difamado a ninguno de nuestros progenitores tanto como al hombre de Neandertal. Los paleontólogos modernos lo han descrito como un ser de aspecto decididamente simiesco: piernas arqueadas, pies apoyados únicamente sobre el lado externo, el pulgar de los pies separado de los demás dedos, gruesas cejas peludas y cabeza hundida. Más adelante, descubrieron que esa monstruosa reconstrucción no era en absoluto fiable, porque se basaba en el estudio del esqueleto de un individuo viejo (de unos cuarenta años de edad, sin duda un anciano venerable para aquellos tiempos) y enfermo de artritis (¡para que luego digan que el tonto es el Neandertal!).
En realidad, nuestro antecesor no sólo no era tan feo sino que las características que hoy nos hacen catalogar como bello un cuerpo humano son en parte herencia de él. También le debemos los rasgos infantiles que nos caracterizan; él sublimó actividades típicamente pueriles como el juego y la imaginación, la capacidad de exceder los límites en la fantasía. Fue el primero en transmitir formas de expresión artística y en practicar ritos funerarios, prueba de que poseía alguna noción del más allá, de una vida después de la muerte, paso necesario para llegar a concebir la divinidad.
Pero lo más extraordinario era el volumen excepcional de su cerebro, de unos 1.700 centímetros cúbicos (un centímetro cúbico corresponde al peso de más o menos un gramo). Algunos estudiosos estiman que la cantidad de materia gris que hay en nuestra cabeza pesa apenas unos gramos menos de la que poseían nuestros ancestros más dotados; otros miden la diferencia en hectogramos: ni antes ni después ha existido un hombre tan dotado como Neandertal.
Nuestra especie persiguió la inteligencia para asegurarse el futuro, pero el cuerpo humano no pudo soportar el espantoso crecimiento cerebral de Neandertal. Según Desmond Collins, profesor de Prehistoria en la Universidad de Londres, nuestro cerebro no pudo aumentar más, y de hecho disminuyó de volumen, por el problema del parto.
El bebé tiene que pasar con todo su cuerpo a través del canal del parto de la madre y la cabeza, al forzar el paso, se deforma ligeramente. Esa leve deformación es posible gracias a la escasa dureza de los huesos del cráneo del recién nacido. Pero la cabeza del pequeño Neandertal era en cualquier caso demasiado grande, quizá un 15 por ciento más de la media actual. Y aquello fue una tragedia. Esa característica debió determinar una mortalidad infantil elevadísima, que aumentó hasta el 90 por ciento, según cálculos de Collins.
Así pues, la inteligencia quedó literalmente estrangulada desde su nacimiento: los niños con la cabeza de mayor tamaño morían en el parto, a menudo provocando también la muerte de la madre.
Lograron sobrevivir, gracias a sus cabecitas insignificantes, los más tontos de la especie; y sólo por imbéciles, en comparación con sus hermanos más dotados, recibieron el premio de la vida y el deber de transmitirla. Sus madres superaban el parto sin esfuerzo y podían repetir la experiencia, únicamente porque podían garantizar la (escasa) calidad del producto.
Esta tragedia, que ocurrió hace 30.000-50.000 años, dejó sus huellas: el miedo a la inteligencia, el odio hacia el talento que nos puede llevar a la extinción y que puso en peligro a nuestra especie.
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1.
Jaume | Julio 10, 2009 at 6:06 pm
El texto es entretenido y provocador. Aunque científicamente dudoso. Las especies no evolucionan tanto en base de ser más o menos listo o tonto, como de aquellos individuos que se adaptan al medio. Atribuir la capacidad de inteligencia del sujeto en base del tamaño de la cabeza es una falacia (aunque a algunos ya nos iría bien, ya). Pero establecer ese tamaño como indicador de la agresividad ya me parece cómico: “se piensa que los microcéfalos son más agresivos”. Por Dios.
Saludos
2.
ROSA | Julio 16, 2009 at 10:43 pm
¿que parte de nuestro cerebro utilizamos? no provoquemos