EL SUJETO, FORMACIÓN MENTAL

FUENTE: TEORÍA DE LOS SENTIMIENTOS  (CARLOS CASTILLA DEL PINO)

El sujeto es uno de los muchos sistemas del organismo. Mientras que los demás sistemas logran la adaptación del organismo al medio (fisicoquímico), el sujeto consigue la adaptación del organismo al entorno (simbólico, es decir, psicosocial). De entre los sistemas del organismo, el sujeto es el único de carácter mental, como lo es todo aquello que deriva de una actividad del paleo y neocórtex cerebral. Sin organismo (humano) no hay sujeto (ni ninguna otra formación mental, como son sus instrumentos cognitivos y emocionales).  La integridad funcional del organismo es condición necesaria para la funcionalidad del sujeto, pero no condición suficiente. Hay organismo humanos sin sujeto: el hombre en estado de coma, que no actúa cognitiva ni emocionalmente, no es un sujeto. En estados previos al coma total, es decir, en aquellos donde no ha desaparecido sino sólo está disminuido el nivel de vigilancia, todo el sistema del sujeto está alterado, y se alucina y delira. La función fundamental del sistema cognitivo del sujeto está perturbada. La alucinación es el ejemplo más claro de la alteración de la diacrisis,  (gracias a la diacrítica distinguimos entre objetos mentales, es decir, internos, y empíricos o externos), compatible con un nivel de vigilancia (es decir, de conciencia) casi normal.  Hay, por otra parte, organismos en los cuales asistimos a la destrucción paso a paso del sujeto, por ejemplo los que padecen la enfermedad de Alzheimer: no retienen los yoes construidos para la ejecución de tareas, o se destruyen los módulos yoicos usados con anterioridad, y no recuerdan lo que acaban de hacer; luego, tampoco lo que hicieron antes, y por último quienes son.  En otras circunstancias, como por ejemplo en la esquizofrenia, aparecen alteraciones curiosas en el sistema del sujeto: no reconoce como pertenecientes a él algunos de sus yoes, y así, cuando alucina, las voces que oye no las reconoce suyas sino de otro, y dialoga con “aquellos” a los que se las atribuye.

Ahora bien, los yoes no se forjan sólo para actuaciones en contextos empíricos; se forjan para contexos virtuales o imaginarios. Así, en la fantasía diurna el sujeto se piensa un yo actuando en situaciones imposibles en la realidad; y en el paranoico, que se cree inventor perseguido por los poderes del planeta e incluso del cosmos, o salvador del mundo, los yoes fantaseados se viven como empíricos. Muy interesantes son los yoes de las fantasías oníricas, cuya interpretación ha de hacerse sobreponiéndose a las alteraciones del discurso que tienen lugar en una circunstacia en la que es condición sine qua non el descenso del nivel de conciencia.

El sujeto es una estructura cognitivoemocional dotada de una enorme versatilidad, y los yoes de que dispone son módulos que remedan al sujeto adoptando la forma de un Yo para la actuación. El sujeto es un conjunto de n-yoes, a) actuales: empíricos, imaginados o fantaseados; b) pretéritos, susceptibles de ser evocados y actualizados, y c) futuros, anticipados o prolépticos.

Es erróneo creer que el Yo es exclusivamente racional porque en las actuaciones regladas sobre la realidad se precise controlar las emociones. Para Freud, por ejemplo, siguiendo la tradición psicológica y filosófica ilustrada, el YO es aquella parte del aparato psíquico que tiene como misión que el sujeto (que por cierto también se hipostasía en Freud) se ajuste al principio de realiad. El contacto con la realidad, en tanto que problema a resolver, es cognitivo y, en tanto que objeto de placer o displacer (que agrada o desagrada), emocional. Por eso, la relación con la realidad es conflictivo, primero, como problema a resolver, a veces con premura; segundo, como problema de adecuación.

Cuando hacemos algo ante alguien que se presenta de inmediato ante nosotros, le respondemos y le proponemos que opte por determinadas actuaciones; o dicho de otra forma, le proponemos un pacto acerca de cómo proseguir la relación. El Yo es una construcción pragmática del sujeto (proyecto). Los objetos de la realidad son provocadores para el sujeto, y requieren una respuesta subjetiva, la que compone nuestra singular forma de adecuación a ellos.

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