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Los microcréditos de Grameen, un banco distinto II

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FUENTE: EL BANQUERO DE LOS POBRES, Los microcréditos y la batalla contra la pobreza en el mundo. (MUHAMMAD YUNUS)

Un día se me acercó un periodista estadounidense a quien al parecer irritaban visiblemente mis incesantes críticas contra las organizaciones de “ayuda al desarrollo”, como el Banco Mundial. Como otras muchas personas, él también consideraba que el Banco Mundial era una organización beneficiosa y bien informada que efectuaba lo mejor que podía su desagradecida labor. De pronto, interpuso su micrófono entre nosotros y preguntó en un tono desafiante: “En lugar de censurar tanto, ¿podría decirme qué pasos concretos tomaría usted si llegase a ser presidente del Banco Mundial?”.

“Nunca he pensado qué haría si fuera presidente del Banco Mundial- le dije serenamente-, pero supongo que lo primero que aprobaría sería el traslado de su sede central a Dacca.”

“¿Y por qué demonios iba a hacer usted algo así?”

“Pues porque, si como Lewis Preston [presidente en aquel entonces del Banco Mundial] dice, “el objetivo central del Banco Mundial es combatir la pobreza en el mundo”, creo que el banco debería trasladarse a uno de los lugares más castigados por la pobreza. En Dacca, el Banco Mundial estaría rodeado del sufrimiento y la privación humanas. Al vivir con mucha mayor proximidad el problema, es posible que los empleados del banco fuesen capaces de resolverlo de un modo más rápido y realista”.

Mi entrevistador asintió. Parecía menos alborotado que al inicio de aquella conversación.

“Además, si se trasladaran las oficinas centrales a Dacca, muchos de los cinco mil empleados del banco sencillamente se negarían a venir. Dacca no destaca por su vibrante vida social y, ciertamente, no sería la primera ciudad en la lista de ninguno de los actuales empleados del banco para criar a sus hijos. Creo que muchos se retirarían voluntariamente o cambiarían de empleo. Con esto, se contribuiría a conseguir dos cosas: en primer lugar, descargarse de aquellos que no estuvieran plenamente dedicados a la lucha contra la pobreza; en segundo lugar, reducir costes, ya que los salarios en Dacca serían mucho más bajos que los que exige una ciudad tan cara como Washington.” Y así concluyó la entrevista.

Cuando hablaba de microcréditos en la década de 1980, ya fuera ante economistas del Banco Mundial o ante periodistas, la mayoría de mis oyentes suponía que lo que yo trataba de hacer era paliar la pobreza prestando dinero a pequeños negocios o empresas para que éstos se expandieran y dieran empleo a personas pobres. A la gente le costó un poco entender que lo que yo realmente proponía era prestar directamente a esas personas pobres. Los decisores políticos tienden a establecer una equivalencia directa entre la creación de puestos de trabajo y la reducción de la pobreza, y los economistas suelen reconocer solamente una única clase de empleo: el empleo asalariado. Además, los economistas tienden a concentrar sus investigaciones y sus teorías en los orígenes de la riqueza en las antiguas potencias coloniales, y no en la realidad “a nivel micro” de las personas pobres en los países del Tercer Mundo. Toda atención que se dedique a la pobreza acaba cayendo dentro de la categoría de la llamada economía del desarrollo, un campo que sólo empezó a emerger tras la Segunda Guerra Mundial y que se ha mantenido básicamente como una especie de idea secundaria o de reinterpretación del corpus principal de la teoría económica.

Pero lo peor de todo es que los economistas no han logrado entender el poder social del crédito. En la teoría económica, se considera el crédito como un mero medio con el que lubricar los engranajes del comercio y la industria. En realidad, el crédito genera poder económico, el cual se traduce inmediatamente en poder social. Cuando las instituciones de crédito y los bancos establecen normas que favorecen a un sector diferenciado de la población, éste aumenta su estatus tanto económico como social. Tanto en los países ricos como en los pobres, las instituciones crediticias han favorecido a los más acomodados y, con ello, han dictado una sentencia de muerte contra los desposeídos.

¿Por qué han guardado silencio los economistas mientras los bancos rechazaban a los pobres por no considerarlos dignos de crédito? Nadie puede responder convincentemente a esa pregunta. Pero lo cierto es que, debido a ese silencio y a esa indiferencia, los bancos han impuesto una especie de apartheid financiero y, aun así, han logrado salirse con la suya. Quizá si los economistas llegaran a comprender las poderosas implicaciones socioeconómicas del crédito, reconocerían la necesidad de promoverlo como un derecho humano más.

Continúan sin ser cuestionados los puntos débiles de las teorías económicas centrales de nuestro tiempo. La teoría microeconómica, por ejemplo, que desempeña un papel crucial dentro del marco analítico de la economía, está incompleta. En ella, los seres humanos individuales son consumidores o trabajadores, y se ignora en lo esencial el potencial que éstos tienen como individuos autoempleados. La dicotomía teórica imperante entre empresarios y trabajadores hace caso omiso de la creatividad y el ingenio de todo ser humano y considera el autoempleo generalizado en los paises tercermundistas como un síntoma de subdesarrollo.

La inmensa mayoría de la población de muchos países del Tercer Mundo se gana la vida a través de una forma u otra de autoempleo. Como desconocen cómo encajar a esos individuos en su marco analítico, los economistas los meten en una especie de cajón de sastre al que llaman “sector informal”. Pero lo que realmente representa ese sector informal es el esfuerzo de muchas personas por crear sus propios puestos de trabajo. Yo prefiero llamarla “economía popular”, término habitualmente empleado por un amigo mío alemán, Karl Osner, que ha desempeñado un papel crucial a la hora de educar a los europeos en el microcrédito. Cualquier economista que tuviera un conocimiento real de la sociedad se habría ofrecido para incrementar la eficiencia de esa economía popular, en lugar de debilitarla. Sin embargo, son organizaciones como Grameen las que deben llenar el hueco dejado por la falta de apoyo de los economistas.

La palabra “microcrédito” no existía antes de la década de 1970. Actualmente, sin embargo, se ha convertido en un  término de moda entre los especialistas y los profesionales del desarrollo. Mientras tanto, a ese vocablo se le han atribuído toda suerte de significados. Nadie se sorprende hoy en día, pues, si alguien usa dicha palabra para referirse a los créditos agrícolas en general, o a los créditos rurales, o a los créditos cooperativos, o a los créditos al consumo, o a los créditos de las sociedades de ahorro y préstamo, o a los de las cooperativas de crédito, o a los de los prestamistas. Ya nadie se asombra de oir a alguien asegurar que el microcrédito es una institución con mil (o cien o cualquier otra cifra de) años de historia.

Creo que todo esto está generando un exceso de malentendidos y de confusión a la hora de hablar sobre el microcrédito. Ya no sabemos realmente qué se está diciendo y quién lo está diciendo. Yo propongo que pongamos etiquetas a los diversos tipos de microcrétido a fin de clarificar ya de buen comienzo a qué microcrédito nos estamos refiriendo. Esto tiene mucha importancia puesto que, sólo así, lograremos alcanzar conclusiones claras, formular políticas correctas y diseñar instituciones y metodologías apropiadas. En vez de hablar de “microcrédito” sin más, deberíamos especificar qué categoría concreta de microcrédito utilizamos….


2 comentarios

  1. […] recomiendo leer esta cita sobre Muhamed Yunus en referencia al Banco Mundial y la triste realidad de las ayudas […]

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