FUENTE: EL ENEMIGO EN CASA, La violencia familiar (José Sanmartín Esplugues).
El alcohol está presente en la gran mayoría de los casos de violencia cometidos contra la mujer por parte de la pareja o ex pareja. En Centroamérica de cada diez hombres que maltratan a su pareja o ex pareja, nueve son consumidores de alcohol; en España, Finlandia y Polonia, en torno a siete. La cosa es seria, aunque se tiende a reducir su importancia desde diversos sectores. En algunos casos se considera que centrarse en el alcohol desvía la atención de las verdaderas causas del problema: la mala educación, la educación machista. Se piensa, además, que la presencia del alcohol puede emplearse por la justicia para atenuar la pena (e, incluso, eximir de ella).
Hoy sabemos que el alcohol afecta a ciertas regiones del cerebro, como la vermis cerebelar, que están directamente conectadas con la agresividad, entendida como instinto (algo diferente, pues, de la violencia, cuya característica más notable es ser una acción u omisión intencional y no una respuesta automática ante determinados estímulos). En situación de normalidad, la excitación de la vermis cerebelar o de otras estructuras asimismo ligadas a la agresividad, como las amígdalas, cae bajo el control de la parte más delantera de la corteza cerebral: la llamada “corteza prefrontal”. Es la región constituida en parte por los circuitos neuronales que producen las ideas, las creencias, los juicios, etc., en cuyo marco se interpretan, se dotan de significado y se regulan las emociones que provienen de zonas más profundas del cerebro, como las arriba citadas. El alcohol embota el funcionamiento de tales circuitos que, lamentablemente, no realizan sus funciones con la eficacia requerida y, en particular, no regulan en forma adecuada las emociones. Eso, en unos casos. En otros, el entramado de ideas, creencias, pensamientos, etc., contra el que se leen las emociones y, en consecuencia, se controlan, no cumple esta función, sino la contraria. Las malas ideas y creencias adquiridas potencian la agresividad que les llega descontroladamente desde las amígdalas o una vermis cerebelar disfuncionales por el efecto del alcohol sobre ellas. Aquellas, las malas ideas y creencias (por ejemplo, respecto de la mujer), incrementarán la agresividad, ahora con una fuerte carga de intencionalidad: se quiere hacer daño, se tiene la voluntad de hacer daño.
Pues bien, si el alcohol tiene estas secuelas, si el alcohol incrementa la agresividad, si el alcohol lleva a la asunción de riesgos (como sabemos que también lo hace), ¿por qué considerarlo un agravante cuando está presente en dosis excesivas en un conductor de automóvil y, en cambio, un atenuante cuando lo está en un hombre que maltrata a su pareja o ex pareja?